El resto del día fue un verdadero caos. Mi mente no podía sacarse la imagen de las noticias. Además recordé la escena del día anterior e hice mis conjeturas. Dije a mis adentros, hoy es mi día de suerte, debería comprar la lotería. Revisé en Internet cuando jugaba, y precisamente esa noche jugaba una con un interesante acumulado de mas de seis ceros. Entregué los informes que pude terminar ese día y bajé rápidamente al primero piso, a la cafetería donde acostumbro a almorzar a comprar un tiquete. Cuando la señorita que me atendió preguntó que jugaría, le dije que el que jugaba esa noche y que fuese al azar. Adicionalmente jugué un cartón con números que yo mismo escogí pensado serían los acertados. Me fui a mi casa en metro, y en él estuve pensando que haría con todos esos millones. Casi arreglé mi futuro, el de mi familia y hasta pensaría en tomarme unas serias vacaciones.
La ciudad es bella de noche, las luces arman figuras abstractas en la profundidad de la oscuridad y se encienden y apagan como haciendo un ritmo cadente que anuncia la calma venidera.
Esperé hasta muy tarde, pues debía ver el resultado de la lotería. Me senté frente al televisor junto con mis boletos a ver a la anunciadora dictar cada número ganador. Frente a mi una cerveza y un calmante en gotas por si la emoción de ser millonario sobrepasaba los límites permisibles del cuerpo de un ejecutivo común.
La desilusión no pudo ser mayor. Prácticamente acerté tres números en ambos cartones. Ni siquiera me daba para recuperar lo de algún cartón. Me dejé caer en el sofá y bebí lo que quedaba de cerveza. Era muy bueno para ser verdad. Di un paseo final por los canales y pasé al cuarto a dormir para empezar mañana otra jornada común y corriente.
La mañana siguiente cursó muy normal. Al salir de mi departamento, me detuve en el pasillo esperando por una llamada salvadora. No sonó el teléfono. Me detuve antes de salir a la calle y contemplé la multitud acelerada de la mañana. Tomé aire y me dejé envolver por ese río humano. No tomé taxis, por el contrario caminé hasta la estación del metro en busca de un tránsito más seguro.
Ser analista de datos exige que mas de la mitad de mi día, este enfrascado en cifras y en consultas a inmensas bases de datos con nada más que una pantalla de computador conectado a granjas de computadores tan grandes, que ocupan edificios completos, todos operando como un solo cerebro. En ocasiones ni yo mismo se que estoy analizando o donde está algo que debo encontrar. Es como lanzarse al mar buscando una especia de pez del que nadie conoce nada y ni donde se encuentra ubicado. Con un conjunto de datos vagos, debo desenvolverme a cada día. En esto pensaba rumbo al trabajo. En ocasiones, cuando algo me impacta o cuando me concentro mucho, quedo mirando un punto y creo que ni parpadeo.
Sunday, April 8, 2007
Capitulo 2: El dia siguiente
A la mañana siguiente el aire estaba pesado y muy caliente. Seguro olvidé encender el aire acondicionado nuevamente. Me sacudí la cabeza y me dirigí a la cocina por un vaso de agua. El apartamento es un gran loft, por lo que desde mi cama ya podía yo medir la distancia a la cocina con sólo verla. Empecé a preparar mi mañana cuidadosamente a medida que me alistaba para salir a trabajar. Lo primero era una reunión que salió de la nada hace una semanas con un posible cliente que querría invertir un gran dinero en una empresa de tecnología. Mi misión era maximizar sus ingresos con invertir inteligentemente en el mercado actual. Ya mi secretaria había hecho gran parte del trabajo dejando listo mi maletín. Pasé una mirada rápida sobre los números antes de salir de mi apartamento, como para estar seguro como debía dirigir yo la reunión. Justo al cruzar la puerta, sonó el teléfono. Era una de esas llamadas que uno piensa antes de dejarla pasar de largo. Sonó 3 veces antes que yo dejara mi maletín en el suelo y tomara el auricular.
- Aló. – Nadie me contestó del otro lado. Aló? Repetí más fuerte. – Sin pensarlo colgué y salí del apartamento. Nuevamente sonó el teléfono. No se que me hizo devolverme a tomarlo. Aún cuando al devolverme de la mitad del pasillo, me tocó abrir la puerta y entre, el teléfono seguía sonando.
- Aló. – Igual. Nadie al otro lado. Decidí no poner atención y seguí mi camino por el corredor hacia el ascensor.
Desde la puerta del primer piso alcance a ver el carro que podía ser mi taxi. Aceleré el paso para alcanzarlo, pero un individuo se me adelanto y lo tomó antes que yo pudiese si quisiera llamarlo de un grito. Pude de alguna forma inconsciente anotar en mi mente el número del carro: 190334. Caminé unos metros en contra del tráfico y pude alcanzar un nuevo taxi.
El taxi me llevo a tiempo a mi reunión con el potencial cliente. La reunión se llevo en medio de mucha cordialidad y pudo concretarse rápidamente. Acostumbro salir a tomar un café y fumar un cigarrillo luego de cada reunión para poder crear un ambiente separado entre reunión y reunión. Me ayuda a tener la mente fresca y alerta con los otros clientes. Me sobraba tiempo antes de ir a trabajar, así que encendí la televisión. Alguien había sintonizado el canal de noticias, así que me quedé viéndolas. En ellas había un reporte de un inmenso caos de tráfico no muy lejos del centro de la ciudad. Aparentemente un carro perdió el control y chocó contra un restaurante causando un incendio. El reportero intentaba anunciar la intersección para que todos evitásemos calles adyacentes cuando le llegó un informe sobre el detalle del carro y las víctimas:
- Se trata de un Taxi que perdió el control al esquivar un transeúnte. El número era el 190334. Tanto el conductor, como el pasajero y otras 5 personas dentro del restaurante fallecieron en la explosión y el súbito incendio. El tráfico demoró a los bomberos llegar a tiempo.
Quedé frío. Por un momento dejé de oír las noticias, pero mi mirada estaba en el televisor. Empecé a sudar y mi corazón latía de modo que se saldría por mi garganta. Tuve que soltarme la corbata y desabotonarme la camisa para no ahogarme. Ese era el taxi que yo iba a tomar. De no haberme demorado, seguro yo sería la víctima. Sacudí la cabeza y me dispuse a apagar el televisor. Cuando me levanté, sentí un fuerte dolor en la espalda. Seguro es esta silla, me dije a mi mismo.
- Aló. – Nadie me contestó del otro lado. Aló? Repetí más fuerte. – Sin pensarlo colgué y salí del apartamento. Nuevamente sonó el teléfono. No se que me hizo devolverme a tomarlo. Aún cuando al devolverme de la mitad del pasillo, me tocó abrir la puerta y entre, el teléfono seguía sonando.
- Aló. – Igual. Nadie al otro lado. Decidí no poner atención y seguí mi camino por el corredor hacia el ascensor.
Desde la puerta del primer piso alcance a ver el carro que podía ser mi taxi. Aceleré el paso para alcanzarlo, pero un individuo se me adelanto y lo tomó antes que yo pudiese si quisiera llamarlo de un grito. Pude de alguna forma inconsciente anotar en mi mente el número del carro: 190334. Caminé unos metros en contra del tráfico y pude alcanzar un nuevo taxi.
El taxi me llevo a tiempo a mi reunión con el potencial cliente. La reunión se llevo en medio de mucha cordialidad y pudo concretarse rápidamente. Acostumbro salir a tomar un café y fumar un cigarrillo luego de cada reunión para poder crear un ambiente separado entre reunión y reunión. Me ayuda a tener la mente fresca y alerta con los otros clientes. Me sobraba tiempo antes de ir a trabajar, así que encendí la televisión. Alguien había sintonizado el canal de noticias, así que me quedé viéndolas. En ellas había un reporte de un inmenso caos de tráfico no muy lejos del centro de la ciudad. Aparentemente un carro perdió el control y chocó contra un restaurante causando un incendio. El reportero intentaba anunciar la intersección para que todos evitásemos calles adyacentes cuando le llegó un informe sobre el detalle del carro y las víctimas:
- Se trata de un Taxi que perdió el control al esquivar un transeúnte. El número era el 190334. Tanto el conductor, como el pasajero y otras 5 personas dentro del restaurante fallecieron en la explosión y el súbito incendio. El tráfico demoró a los bomberos llegar a tiempo.
Quedé frío. Por un momento dejé de oír las noticias, pero mi mirada estaba en el televisor. Empecé a sudar y mi corazón latía de modo que se saldría por mi garganta. Tuve que soltarme la corbata y desabotonarme la camisa para no ahogarme. Ese era el taxi que yo iba a tomar. De no haberme demorado, seguro yo sería la víctima. Sacudí la cabeza y me dispuse a apagar el televisor. Cuando me levanté, sentí un fuerte dolor en la espalda. Seguro es esta silla, me dije a mi mismo.
Capítulo 1: Señales
Eran las 11:00 PM. Al salir de la casa de Jordan, parecía que parte de su tristeza se hubiese pegado a mi cuerpo y la llevase conmigo. La escena desgarradora de verlo sufrir por la pérdida de su esposa me tenía destrozado. La muerte puede ser a veces tan repentina que uno no acaba de acostumbrarse, se piensa que no es real y que quizás es un mal sueño del que vas a salir en cualquier instante. Bajé los escalones y emprendí la caminata a mi casa, no estaba tan lejos, a lo sumo 8 cuadras desde aquí. Es una noche tranquila y la situación la merece. Iba absorto en mis pensamientos y dejé que mi mete vagara un rato, no tenía afán de llegar. Iba pensando en la fecha del matrimonio de Jordan y Alicia. Fue un verano bastante acelerado ese. Hacia un mes se habían conocido y al siguiente ya estaban casados. Recordaba las piezas de música que tocaron y que todos disfrutamos. Me distraje tanto, que en alguna esquina debí doblar mal y terminé cerca de un paradero de buses. Me detuve justo debajo de un poste de luz para revisar la hora. Eran las 11:25. Yo no debía demorarme más de 15 minutos en llegar a casa. Estaba perdido en medio de un barrio suntuoso de Boston, con un viento frío que se colaba por entre mi abrigo. En el paradero había un señor sentado. En lugar de ir donde él, le llamé en voz alta desde el refugio de mi poste.
- Disculpe. Sabría usted decirme como salgo a la calle Lawrence?
El señor de unos cuarenta años se levantó mirando al fondo de la calle como pensando. Con la mano en la barbilla me contestó:
- Creo que debe devolverse por esta calle por donde viene y girar en aquel supermercado hacia el sur.
A medida que me decía estas palabras, el se acercaba a mi, pero en tono pensativo, como queriendo confirmar con su memoria si me estaba dando las señales correctas. En el fondo de la escena sonó un ruido sordo de motor, y en seguida un rechinar de llantas. El individuo estuvo tan cerca ahora de mi que hubiera podido estrecharle la mano con sólo estirar mi brazo.
- Efectivamente –Me replicó. – Sólo debe girar en ese supermercado y seguir derecho al sur hasta que llegue a un restaurante Italiano.
- El Piazzo. –Le anoté.
No acababa yo de afirmarle que había entendido las indicaciones cuando un coche salió de la nada y en un movimiento brusco se estrelló estrepitosamente contra el banco donde hacía unos segundos ese señor estaba sentado. Todo fue muy rápido. Como por instinto me tiré al suelo detrás de un coche aparcado justo frente a mi. El hombre estaba petrificado mirando la escena. Le temblaban las manos y por un instante pensé que se desmayaría. Me levante luego de mi salto, digno de un doble de cine, y me acerqué al desconocido que ahora estaba mirándome y diciéndome con voz nerviosa:
- Yo estaba ahí hace un instante.
Lo último que supe fue que vinieron los bomberos, los paramédicos y en minutos parecía una escena sacada de una buena película de Bruce Willis. El conductor estaba ebrio y no sufrió mayores daños. Yo me retiré de la escena aún con la imagen en cámara lenta del choque y el extraño dando gracias por estar vivo. Estaba cansado y no quería dar declaraciones. Esta vez el camino se me hizo eterno. Quería llegar ya mismo a casa y descansar. En la última esquina ya para acercarme a mi edificio, una paloma salió de una escalera de sótano. El susto fue tan grande que me tocó tomarme de la baranda de donde había salido. No era una noche para sustos: funeral y testigo de un accidente. Subí a mi apartamento y cerré la puerta tras de mi. Me quité los zapatos, la camisa y me acosté en la cama mirando al techo. Segundos después quedé dormido profundamente.
- Disculpe. Sabría usted decirme como salgo a la calle Lawrence?
El señor de unos cuarenta años se levantó mirando al fondo de la calle como pensando. Con la mano en la barbilla me contestó:
- Creo que debe devolverse por esta calle por donde viene y girar en aquel supermercado hacia el sur.
A medida que me decía estas palabras, el se acercaba a mi, pero en tono pensativo, como queriendo confirmar con su memoria si me estaba dando las señales correctas. En el fondo de la escena sonó un ruido sordo de motor, y en seguida un rechinar de llantas. El individuo estuvo tan cerca ahora de mi que hubiera podido estrecharle la mano con sólo estirar mi brazo.
- Efectivamente –Me replicó. – Sólo debe girar en ese supermercado y seguir derecho al sur hasta que llegue a un restaurante Italiano.
- El Piazzo. –Le anoté.
No acababa yo de afirmarle que había entendido las indicaciones cuando un coche salió de la nada y en un movimiento brusco se estrelló estrepitosamente contra el banco donde hacía unos segundos ese señor estaba sentado. Todo fue muy rápido. Como por instinto me tiré al suelo detrás de un coche aparcado justo frente a mi. El hombre estaba petrificado mirando la escena. Le temblaban las manos y por un instante pensé que se desmayaría. Me levante luego de mi salto, digno de un doble de cine, y me acerqué al desconocido que ahora estaba mirándome y diciéndome con voz nerviosa:
- Yo estaba ahí hace un instante.
Lo último que supe fue que vinieron los bomberos, los paramédicos y en minutos parecía una escena sacada de una buena película de Bruce Willis. El conductor estaba ebrio y no sufrió mayores daños. Yo me retiré de la escena aún con la imagen en cámara lenta del choque y el extraño dando gracias por estar vivo. Estaba cansado y no quería dar declaraciones. Esta vez el camino se me hizo eterno. Quería llegar ya mismo a casa y descansar. En la última esquina ya para acercarme a mi edificio, una paloma salió de una escalera de sótano. El susto fue tan grande que me tocó tomarme de la baranda de donde había salido. No era una noche para sustos: funeral y testigo de un accidente. Subí a mi apartamento y cerré la puerta tras de mi. Me quité los zapatos, la camisa y me acosté en la cama mirando al techo. Segundos después quedé dormido profundamente.
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